Trabajar más de la cuenta

Durante muchos años trabajé desde un escritorio, tuve la oportunidad de experimentar diversas posiciones en las empresas, comencé a los 20 años como secretaria, estaba a punto de graduarme del pre grado, ahí aprendí todo lo que no te enseñan en la universidad, indispensable para desenvolverte en una oficina, desde lo más básico, sacar una fotocopia, atender al público, redactar minutas, hacer relaciones públicas, escuchar, informar y hasta persuadir a la gente para lograr consenso, fidelidad y apoyo en determinadas acciones.

Nunca dejé de prepararme, no solo a nivel profesional sino práctico, gracias a la formación y a mi actitud llegué a ocupar el tan temido y anhelado puesto de Gerente, desde mi primer trabajo he desempeñado funciones analíticas, estratégicas y creativas que demandan tiempo de calidad, pero sobre todo concentración.

Uno de los lujos que se puede dar un jefe es decir “un momento estoy pensando”, incluso cerrar la puerta de su oficina y decidir no atender a nadie, establecer prioridades según su agenda, modificarla y cancelarla de acuerdo a su conveniencia; pero los trabajadores dependientes no, ellos a pesar de diseñar parte de su agenda de trabajo, no pueden ejercer ninguna de estas acciones, al contrario su planificación diariamente se ve afectada por decisiones de terceros, cuando son convocados a reuniones presenciales, videoconferencias, talleres e infinidades de actividades que principalmente no hacen más que interrumpir la labor para la cual fueron contratados.

Como trabajadora, en todos los niveles que experimenté era muy difícil concentrarme, la jornada laboral de 8 horas, terminaba siendo de 12, en una oportunidad llegué a trabajar casi 19 horas corridas, no era por exceso de trabajo, no, durante el día tenía muchas interrupciones, la mayoría no las podía controlar, había gente entrando y saliendo de la oficina a cualquier hora, personas que solo pasaban a saludar, se presentaban sin haber sido citadas y pretendían ser atendidas de inmediato, algunos enviaban un correo electrónico haciendo una consulta y llegaban a mi puesto al mismo tiempo, atendía llamadas, asistía a reuniones que en ocasiones no guardaban relación con mis proyectos, por lo tanto, no aportaban nada, solo me restaban tiempo de calidad para producir.

Por eso llegaba muy temprano antes de comenzar la jornada, aprovechaba el silencio de la mañana, no había nadie que pudiera interrumpirme o distraerme, eran las horas más productivas para investigar, analizar, redactar y resolver problemas, cuando las horas de la mañana no eran suficientes, me quedaba en la oficina después que todos se iban a sus casas, se volvió parte de la rutina, no sé en qué momento llegó a parecerme normal este comportamiento.

Sin darme cuenta, un día estaba resolviendo problemas mientras iba de pie en el metro, imprimía el material que necesitaba digerir y lo leía camino a casa, esperando a alguien en un café, no tenía límites, lo hacía en cualquier lugar, menos en la oficina, a pesar de tener ahí excelentes condiciones, un buen escritorio, una silla ergonómica, equipos tecnológicos y  en ocasiones vista al Ávila. 

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Trabajar más de la cuenta.

En el día realizaba tareas, básicamente me dedicaba a atender los requerimientos de los demás, pero el trabajo relevante quedaba para mi otro turno (temprano en la mañana o muy tarde en la noche), no siempre era suficiente, algunas veces tuve que llevar el trabajo a la casa, noches, fines de semana y feriados, trabajaba más de la cuenta con tal de cumplir, de entregar a tiempo. Fueron años metida en ese espiral, hasta que la salud comenzó a flaquear, en ese momento tuve que decidir, si seguía con ese ritmo terminaría incapacitada por alguna rara enfermedad ocupacional de esas que están de moda.

Salirme de ese espiral de trabajo no fue nada fácil, sobre todo cuando tu entorno está acostumbrado a un comportamiento, cambiar esos patrones generan molestias y malentendidos, en fin, es más duro que comenzar una relación desde cero.

Estoy segura que no soy ni la primera ni la última persona que ha pasado por esto, muchos se sentirán identificados con estas líneas, a ustedes les quiero decir, están a tiempo, pueden tomar el control, a veces es necesario hacer uso de la opción que tienen los teléfonos inteligentes mientras trabajamos “NO MOLESTAR”, silenciar llamadas, alertas, notificaciones y aprender a decir “no”, “en este momento no puedo”, “estoy en medio de”, siempre haciendo uso de la frescura de la comunicación, con mucho respeto podemos hacer valer nuestro punto de vista y defender los tiempos que planificamos en nuestra agenda de trabajo.

Consideremos que al interrumpir o distraer a alguien en el trabajo estamos afectando su creatividad y productividad, reflexionemos, agotemos todas las vías y de hacerlo que sea para algo realmente importante.

Tenemos que recuperar los espacios de trabajo y comenzar a usarlos para lo que fueron creados, estoy convencida que el ambiente laboral, la sinergia, la confianza y el enriquecimiento del conocimiento compartido no solo es necesario, sino que con respeto y empatía por el otro es posible.

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